Anécdota del 14 de febrero

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Han pasado varias semanas, o bueno, seré sincera conmigo misma: meses desde que no me animaba a escribir, y es que ni siquiera en mi cuaderno de apuntes de "inspiración poética" he tenido el tiemple para plasmar aquello que se viene a mi mente mientras estoy despierta, o dormida.

Y tiempo sí he tenido, solo que como les comentaba en una publicación pasada estuve en un tratamiento de salud mental para aliviar los estragos que me dieron por el síndrome de Burnout o del trabajador quemado, eso sí, siempre los estoy leyendo, rebluteando, también a veces comentando e incluso recomendando publicaciones que me han llamado la atención, así que no he estado del todo ausente, pero ha llegado el momento de teclear vivencias porque me siento lista, estable después del tiempo sabático que decidí tomar en cuanto al compartir a través de la escritura, digamos que anecdótica.

Con esto de las nuevas comunidades, los cambios en Blurt, su nuevo logo y demás, he estado adaptándome porque a veces se pone rebelde la página, ya que quiero dar un voto y me saca de la sesión, quiero comentar y lo mismo, me saca de la sesión, como que esta Web3 no quiere tenerme por aquí, pero bueno, hay otros front de Blurt para publicar, votar, comentar o reblutear... entiendo que al ser una transición tendrá fallas por algún tiempo, aunque no a todos les pase lo mismo que a mí.

Le di un vistazo a una publicación de la comunidad @blurtenamored en la que invita a los usuarios a contar anécdotas divertidas del 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad, entonces cuando terminé de leer me dije a mí misma: ¿y por qué no participar?, ¿por qué no contar algo para incorporarme de nuevo a las publicaciones en mi espacio virtual?

Aquí la invitación en caso de que deseen unirse a las risas y aprendizaje que nos puede traer el amor visto desde distintas aristas.

💘CONCURSO💘

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Antes de empezar, quiero aclarar que en Colombia, San Valentín no se celebra el 14 de febrero como en otros países, sino el tercer sábado de septiembre, esto, según las leyendas urbanas de gente de antaño, por cuestiones de negocios y porque en el noveno mes del año no había una fecha especial que celebrarse, incluso porque es temporada baja hasta en la red hotelera, bueno, a saber, lo que es cierto es que ese tercer sábado de septiembre del año pasado ocurrió una anécdota entre mi pareja, y yo.

No estamos pendientes de celebraciones cuando se enredan en los lazos del consumismo masivo y despilfarro porque lo que ocasiona al final del día son frustraciones, sobre todo cuando falta el corazón, el ingrediente principal que eleve el tiempo festivo, sin embargo, en esa oportunidad, aunque yo le dije que podíamos ir otro día y no justo en San Valentín, Daniel insistió que compartiéramos un almuerzo en un restaurante conocido por su sazón y atención de calidad, nunca había ido, por eso creo que también me di la oportunidad.

Luego de aceptar, hicimos una reservación anticipada para no ser de los que aparecen exigiendo atención extra a último momento, así que separamos lugar una semana antes del tercer sábado de septiembre, hasta ahí todo bien, aparentemente. Llegó el gran día y en la entrada, después de tomar nuestras manos porque era el primer San Valentín como novios, decidimos pasar y lo primero que notamos era que nuestros lugares estaban ocupados por otras personas.

Nos acercamos a la administración para reclamar y resulta que la chica que tomó nuestra reservación ha digitado mal la fecha ubicándonos en otro día. Ese despiste no era culpa nuestra, así que tenían que resolverlo los del restaurante, bueno, así lo hicieron, aunque no me gustara su actitud, ya que en vez de darnos el lugar que pedimos con antelación, acomodaron una mesa extra cerca de la cocina de donde salían las comandas.

Nos quedamos y comenzamos a buscar en el menú lo que ofrecían, hicimos el pedido y nos dijeron que en 30 minutos estaría listo. Pasó una hora con cuarenta y cinco minutos y todavía los platos brillaban por su ausencia, entonces, justo cuando iba a levantarme para preguntar por qué la demora, una de las meseras por el despistaje, o no sé por qué, al salir de la cocina derramó encima de mi blusa y parte de mi pantalón una sopa que tenía como ingrediente principal el ajo.

“Lo hecho, hecho está”, dice el dicho popular. Las disculpas por parte de la administración no se hicieron esperar, pero, aparte de manchar mis prendas de vestir con sustancias grasosas, el olor que expelía opacó el perfume que decidí usar para la ocasión… ¡yo apestaba a ajo!, literal.

Me gustan los ajos en ciertas preparaciones, para sazonar, pero en esa oportunidad no pedí nada que tuviera que ver con ese bulbo como estrella de un platillo romántico, ya que a veces hasta el olor del sudor cambia en la piel de quien lo consume con mucha frecuencia. Molesta, le dije a Daniel que lo mejor sería irnos, que me llevara a mi casa para cambiarme de ropa y luego sí salir a otro sitio a comer, o incluso pedir comida a domicilio, pero que no estaba dispuesta a quedarme más tiempo en ese lugar y más con ese olor encima de mí.

Cuando nos levantamos para salir justo aparecieron nuestras órdenes y las dejaron encima de la mesa, ya que, nos quedamos porque no me gusta desperdiciar la comida y tampoco el dinero porque incluso barato no era. Debimos dejar eso encima de la mesa y salir apenas ocurrió el percance con la mesera, o tal vez no debimos entrar el momento en que nos enteramos que cambiaron el día de nuestra reserva anticipada, y es que, aparte de fríos, los vegetales estaban poco cocidos y las carnes tiesas como si fueran de gallina cruda cuando en realidad pedimos lomos de ternera.

Molesto, Daniel tomó mi mano y dijo que lo mejor era irnos, hablamos en la administración y lo único positivo de ese lugar es que no pagamos nada, igual, creo que dos cucharadas avanzamos a comer de lo servido y dejamos el resto. Fuimos a mi casa, mientras me daba una ducha rápida, él le contaba a mi mamá lo sucedido, cuando salí de mi habitación, Daniel me sugirió hacer un pedido a domicilio porque pensó que la mayoría de locales estarían abarrotados, acepté y mientras esperábamos lo que elegimos, nos pusimos a conversar en la sala. Detuvo mi caminata hacia el mueble en donde está instalado el equipo de sonido y comenzó a cantar una melodía interpretada por Marco Antonio Solís…

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Del bolsillo de su chaqueta sacó un regalo que puso en mi mano. Pensé, antes de abrirlo, que se trataba de una sortija por el diseño de la caja, y bueno, en parte mi premisa acerca del obsequio que tenía para mí fue real porque sí se trataba de un anillo, pero no de compromiso porque esa cuestión de lo formal para un matrimonio futuro ya lo hablamos antes, creo que apenas empezamos nuestra relación de pareja.

Sí, se trataba de una bonita joya, le agradecí el gesto, sin embargo, cuando me lo iba a poner yo misma no me entraba, creo que ni en el meñique… Daniel se equivocó en la talla, pidió una muy pequeña, no era su culpa lo que pasó después porque fue bien claro diciendo que lo mejor era que no forzara el anillo y que el día lunes lo iría a cambiar por uno más grande, que podíamos ir juntos a la joyería, sin embargo, yo logré meterlo en el anular de la mano derecha… no sé cómo.

Al poco tiempo comenzó a hincharse el dedo al estar demasiado ajustado, se puso morada la mano mientras intentaba quitármelo con el típico truco del agua con jabón, con mantequilla o con aceite, pero nada. Entiendo la preocupación de mi mamá, pero no ayudaban sus palabras recriminatorias diciendo que no debí forzar las cosas. Llegó justo el pedido de comida, Daniel lo recibió y pagó, entonces al ver que todo se complicó, me sacó de la casa para buscar un sitio en donde pudieran sacarme el anillo atascado.

Le dije que fuéramos a una joyería, que ellos tenían las técnicas y herramientas para poder sacar la joya sin dañarla y que así pudiera cambiarla tranquilamente como tenía pensado, pero todos los locales las estaban cerrados en el recorrido que hicimos, así que terminamos juntos en una sala de urgencias y el doctor rompió el anillo con un alicate.

Mientras me colocaban hielo y una crema antiinflamatoria para ese morado tan feo y le entregaban a Daniel los dos pedazos del anillo que compró, recordaba lo que nos ocurrió durante San Valentín, una fecha que prometía ser distinta, una fecha a la que le dimos la oportunidad, pero que no salió de acuerdo a nuestros planes, aparentemente.

Camino a casa intercambiamos miradas cómplices, tratando de encontrar algo de humor a todo lo que vivimos, y pensamos que a pesar de los contratiempos hasta con el ajo, el amor que sentimos no se vio afectado, más bien fortaleció nuestro vínculo en medio de suspiros de alivio y risas nerviosas.

Mientras disfrutábamos del pedido que hicimos a domicilio, y yo comía con la izquierda porque tuve que convertirme en zurda por unas horas, nos dimos cuenta de que la mejor manera de disfrutar de la relación y la compañía de la pareja no es directamente proporcional a fechas especiales cuando todos los días, en medio de la sencillez y los traspiés podemos declararnos y recordar cuánto esconde el corazón en sentimientos buenos hacia la pareja, esto crea recuerdos memorables sin necesidad de tener membretes, nombres y apellidos porque el amor no deja de ser amor cuando pasan las veinticuatro horas de San Valentín.

Y es que no todo lo que brilla es oro , amigas y amigos que leen esta publicación.

Gracias por la oportunidad de participar, @blurtenamored

Que tengan todas y todos, quienes visitan mi perfil, una tarde llena de cosas lindas, sencillas y tranquilas.

Saludines.

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